26 sept 2013

¿Por que el escritor Tomás González dice que

 el olvido es una bendición?

Lanzamiento. Con el mar como telón de fondo, Tomás González regresa, con ‘Temporal’, a los predios literarios que empezó a recorrer 30 años atrás. La familia, la tragedia, el sufrimiento, el odio filial. Y el mar. Otra vez el mar.
Por: Catalina Villa Jueves, Septiembre 26, 2013


Dato clave

Sus obras

‘Primero estaba el mar’; ‘Para antes del olvido’; ‘La historia de Horacio’; ‘Los caballitos del diablo’; ‘El rey del Honka-monka’; ‘Manglares’; ‘Abraham entre bandidos’; ‘La Luz difícil’; ‘El lejano amor de los extraños’.

Foto: Juan Carlos Sierra
Hay un hotel en el golfo de Morrosquillo; un conjunto de cabañas arrullado por el sonido del mar. Su dueño, hombre macizo, bien parecido, paisa; un machista que desprecia por igual a sus hijos y a su mujer. Está la madre, la que habla con voces que solo existen en su cabeza; un coro incesante de gritos que la aturde hasta enloquecer. Y están los hijos. Los mellizos que crecieron alimentados por el rencor y la soledad y la rabia; los que quisieran ver a su padre muerto, ya, de una buena vez. De eso -de ellos- se trata ‘Temporal’. No es solo la historia de una tormenta que vaticina una tragedia en altamar. Es la historia del odio filial. La historia del sufrimiento y del dolor.
Cuesta trabajo creer que Tomás González haya escrito esta novela en su casa campesina de Cachipay, en Cundinamarca, rodeado de loros, en medio de colinas escarpadas, en una casa que él mismo describe como las que pintan los niños, “con una puerta y dos ventanas, de zócalos y techos rojos” y nada más. Cuesta saber que vive allí, en ese mundo tan distinto y distante al de las lanchas y atarrayas en el que se sucede ‘Temporal’.
Pero basta recordar su primera novela: ‘Primero estaba el mar’, publicada en 1983, la historia de Elena y J., una pareja que huye de la ciudad en busca del mar y que termina por encontrarse allí con la tragedia. Y entonces todo empieza a cuadrar.
Han pasado más de 30 años, pero Tomás González no olvida que alguna vez habitó ese mundo azul y abisal. Fue justamente allí, en el golfo de Morrosquillo, en una casita de pescadores que tenían su padres, “con paredes de bahareque y techo de palma, muy bella, justo frente al mar”, donde él y sus siete hermanos pasaron las vacaciones de su infancia y adolescencia.
Quizás por eso no hubo necesidad de más. Salvo unos días en el golfo mirando los paisajes, recordándolos, refrescándolos en la memoria, lo que realmente le ayudó fue “llevar en el corazón esas costas… conocer muy bien el ambiente del turismo paisa, que viví desde que era niño”.
Fue así como surgió ‘Temporal’, la novela de Mario y Javier, dos mellizos, quienes emprenden con su padre un día de pesca, bajo la amenaza constante de una tormenta. Es un viaje que resume eso que Tomás González ha venido buscando a lo largo de toda su obra: retratar un punto donde se alcance a ver el evento de la vida en su totalidad. “No se trata de la visión que podría tener un anciano al contemplar su vida, sino la visión totalizadora de la vida misma, expresada como imagen casi pictórica: los dos hijos y el padre en la lancha, luchando contra los elementos sobre la eternidad del mar”.
De eso, del caos, del sufrimiento, de la familia, del machismo, incluso de la antioqueñidad, hablamos con este escritor, considerado uno de los más importantes en la escena literaria del país.
Tomás, usted era de esos escritores que tardaban años en publicar. Así sucedió con sus primeros libros. Pero no habíamos alcanzado a digerir la intensidad de ‘La luz difícil’, cuando apareció ‘El lejano amor de los extraños’, el año pasado, una recopilación de cuentos. Incluso lo leímos en Soho escribiendo ensayos. Y ahora llega ‘Temporal’. ¿Ha cambiado en algo su forma de escribir? ¿O se trata de historias que venía trabajando hace tiempo en la cabeza?
Con los cuentos me pasa lo mismo que con la poesía. Me parece que si les doy un poco más de tiempo, los textos podrían quedar mucho mejor. De modo que cuando tenía una versión terminada de los cuentos, la dejaba descansar unos meses, y volvía a retomarlos. Así pasó mucho tiempo. Creo que en el fondo se trataba también de apego, de que no quería separarme de ellos. En fin. El año pasado vi que ya no podían quedar mucho mejor y decidí publicarlos.
Pero también se debe a que últimamente estoy escribiendo un poco más rápido, sin tensarle tanto las riendas a la escritura, y con menos dudas y titubeos.
Con la publicación de los cuentos y de ‘Temporal’ vemos, una vez más, los temas que son constantes en su obra: la familia, el sufrimiento, el dolor...
En Antioquia, como en todo Colombia, la vida gira alrededor de la familia. La familia es lo más importante. Si uno se crió en Colombia es imposible, y sería absurdo, dejar de escribir sobre el tema.
Ahora, me parece que lo constante en mis libros es ese enfrentamiento con el sufrimiento, o con el caos, enfrentamiento del que nadie escapa. La forma de abordarlo ha sido siempre distinta, pues se trata en cada caso de personajes distintos que tienen su peculiar y única manera de moverse en el mundo.
Que es lo que hacen Mario y Javier al enfrentarse a ese odio que sienten por su padre. Ese odio filial es un sentimiento muy duro, aunque no es nuevo en la literatura. En el caso de ‘Temporal’, ¿surgió a partir de un episodio o un suceso en particular? 
No en este caso. Quiero decir, no viví nunca algo semejante a lo que se narra en ‘Temporal’. Por otra parte, el odio al padre es algo tal vez inevitable en los hijos hombres y supongo que tiene que ver con el proceso de separación e individualización que nos impone la Naturaleza. Ese odio --que en mi caso fue muchísimo menor que el que he observado en otros-- lo busqué en mí mismo, mejor dicho lo recordé, y gracias a eso pude animarlo en el corazón de los dos hermanos, pero intensificado, desmesurado.
Ese enfrentamiento entre padre e hijos se intensifica con el carácter tan machista del padre. Y Antioquia, al igual que muchas otras regiones de Colombia, se ha caracterizado por ser muy machista. ¿Como logró hacerle el quite al machismo en su juventud?
No se cómo, la verdad. Creo que no nací machista, ni negociante, ni violento. Fui el séptimo de ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, y como hermanito menor andaba por ahí, menos importante y mucho menos visible que los hermanos hombres grandes, y muy cómodo con esa especie de invisibilidad. El machismo tiene mucho que ver con la vanidad del poder, ya se sabe, y en la casa yo no tenía ninguno. A Daniel, mi hermano mayor, muy simpático e inteligente, buen negociante, líder, agresivo si tocaba serlo y muy valiente le tocó cargar con gran parte del machismo de la cuota que le correspondía a la familia. Sobra decir que la admiración del timidísimo hermanito menor por él no tenía límites.

Destinado a la ingeniería

Tomás González nació en Medellín, el 18 de marzo de 1950, en un hogar donde los libros fueron parte de su cotidianidad. Y si bien los ingenieros abundaban -ese era el destino que él mismo creyó para él- Tomás tuvo una influencia decisiva en su vida: el escritor Fernando González, hermano de su padre.
A él lo conocí cuando tenía 7 años y vivían en la casa justo al lado de la de él. “Evidentemente era una persona muy sabia, entonces para un niñito chiquitico era deslumbrante, ver a un escritor como él, eso era mágico verlo por ahí, caminando, hablando con la gente, moverse”, dice.
La influencia que ejerció en él, sin embargo, fue más directa que literaria, pues lo leyó muy poco. Al menos al principio. “Durante mucho tiempo evité leerlo porque éramos muy cercanos. Y yo sentía que había demasiada afinidad y si me ponía a leerlo me arrollaba. Imitarlo a él era una tentación, y fue algo en lo que muchos cayeron, así que instintivamente evité leer sus libros”. Solo muchos años después, para escribir ‘La historia de Horacio, fue que González decidió leer toda la obra de su tío, pues en su novela aparece un personaje que se parece a él.
Quizás tímido, algo serio, muy escueto, Tomás González es de aquellas personas que solo hablan lo necesario. No cree que un escritor tenga que andar pontificando sobre lo divino y lo humano. Y fue justamente ese carácter, más su literatura precisa, intensa, los que le valieron el calificativo del ‘secreto mejor guardado de la literatura colombiana’.
La escritora caleña Melba Escobar lo compara con un monje. Un monje de la literatura. “Tiene esa gravedad, ese silencio. No se parece a un escritor contemporáneo haciendo ruido en las redes sociales y estando siempre al día en la actualidad nacional. Él vive y escribe la literatura como los autores de antes, viviendo cada emoción para luego transformarla en arte. Desde el horror, pasando por el asombro, el amor, la muerte o la amistad, en su pluma se convierten en relatos metafóricos de la existencia humana, con toda su hondura y su sufrimiento. Su estilo es sereno, como alguien que camina despacio, pero siempre llega más lejos".
Algo similar piensa el escritor José Zuleta, quien ha seguido de cerca su obra. “En el caso del Tomás González, como el de García Márquez, lo que hay detrás de ese gran narrador es un gran poeta. Uno puede ver la búsqueda estética de Tomás en el libro ‘Maglares’, por ejemplo, y en los cuentos de ‘El rey del Honka-Monka’. ‘La luz difícil’ es, para mí, el desarrollo de ‘Verdor’, uno de sus mejores cuentos”.
A pesar de la calidad de su obra, Tomás González tardó mucho en ser reconocido. En parte porque vivió durante casi 20 años en Estados Unidos. En parte por su resistencia a convertirse en un personaje público.
¿Qué motivó esa decisión de permanecer tan aislado del mundo literario?
Fue un periodo muy largo de aislamiento entre comillas. Es decir, solo me dedicaba a escribir. El contacto con el público era casi inexistente, lo que escribía solo lo compartía con mi familia. Y no sé si vivir en el exterior me sirvió para recrear todo lo que habían sido mis épocas de Colombia, pero la nostalgia me llevó a tratar de recordar los paisajes nuestros. De manera que yo vivía un poco el Colombia estando en Nueva York.
¿Qué tan difícil fue esa vida en Estados Unidos?
Fue muy difícil al principio, sobre todo porque hacía ‘trabajitos’. Siempre al que llega le toca así, el rebusque. En Miami, que fue a donde llegamos, empecé trabajando en un taller de bicicletas en Northwest. Me gastaba una hora larga en llegar al sitio de trabajo, entonces les propuse que pusiéramos el taller en la casa de mis suegros, que era donde vivíamos, y me gané una hora. Eso fue una gran celebración. Entonces me volví muy cuidadoso con el tiempo, porque significaba una hora de escritura, que era oro puro.
Luego llegaron a Nueva York...
Sí. Allí logré enrrutrame por el lado de la traducción. Traduje de todo, hasta materiales médicos. Me volví un experto en el tema de los marcapasos. Hubo de todo, traducciones legales, literarias también. En esa época ya podía escribir más tiempo. Cuando ya nos establecimos en Nueva York se produjo una euforia, ya estamos aquí, lo logramos, no nos vamos a tener que devolver. Porque siempre la amenaza del regreso estaba latente, de no tener trabajo y tener que irse para Miami a donde los suegros. Teníamos 4 mil dólares, estábamos con un hijo, de diez años, pero Dora era muy alegre, y estaba muy contenta así que fue gracias a ella que logramos quedarnos. La celebración fue larga. Fueron tres años de rumba, tres veces por semana en unos bares muy bonitos, muy tranquilos. Salíamos de los bares a buscar los afterhours, muchas veces amanecimos en esos sitios que son como para vampiros. Así que, a parte de escribir y a parte de la rumba, no hubo mucho tiempo para dedicarse a la promoción.
A ‘Primero estaba el mar’, que fue su primera novela, que se publicó incluso antes de que usted viajara a Estados Unidos gracias a sus amigos de El Goce Pagano -el famoso bar de salsa en Bogotá- Y no le fue nada mal con la crítica...
Sí, me fue muy bien. Se movió subterráneamente, no fue una novela comercial pero tuvo una acogida muy grande. Eso me animó a seguir, claro. Y era una novela muy importante para mi, era todo el asunto de la muerte de mi hermano que yo estaba tratando de superar. Entonces por los dos motivos fue una alegría muy grande.
La muerte ha estado presente en su obra. En ‘Primero estaba el mar’ y luego en ‘La luz difícil’. ¿Se puede exorcisar la muerte al escribirla?
Hasta cierto punto se puede entender. Al entenderla, te golpea un poco menos duro. O al entender lo que no entiendes, al separarla y verla ahí. Pero ese dolor no se va del todo. Todavía, por ejemplo, me agarra de sorpresa la presencia de mi hermano y me abruma, me abruma el hecho de cómo pudo haber pasado eso, otra vez, como si acabara de pasar.
Cada cierto tiempo llega esa horrible sorpresa de que eso realmente pasó. Pero la vida encuentra sus métodos de no aniquilarte, el olvido, por ejemplo, el olvido es una bendición.
Usted, aunque antioqueño, ha estado relacionado con el Valle de distintas formas. Sus primeros cuentos fueron publicados en El Pueblo; su esposa Dora es de Sevilla; y uno de sus mejores cuentos, ‘El rey del Honka-Monka’, sucedió en Cali...
Lo primero que publiqué en la vida fueron unos microcuentos, en el Estravagario. Era ese un excelente suplemento literario, el mejor que se ha hecho hasta ahora en Colombia.
Pero para mí no existe Cali sino el Valle. Los pueblos y Cali forman para mí una unidad, una especie de entidad urbana muy extensa, que en aquella época estaba adornada con algodonales, cultivos de soya, maizales.
Hablo de los pueblos del Valle plano. Era mágico saber que uno estaba en Buga, por ejemplo –mi hermano vivía allá, pero tenía su finca en Roldanillo--, y en cualquier momento podía agarrar un bus y ponerse en Cali, o en Cartago. Eso no pasaba en Antioquia, donde el transporte era lento y penoso, por la geografía demasiado quebrada. Todo eso para decir que en mi libro ‘Manglares’ hay un poema a Zarzal, que yo aprecio mucho.
Ahora, para el cuento que dices, me ceñí a los hechos tanto como me fue posible. Sin embargo, cuando se lo mostré a Babalú, --que así, y no El Rey del Honka-Monka, se llamaba profesionalmente el primo de Dora--, me dijo que eso no era sino “un poco de inventos, ve”.
Finalmente, Tomás, ¿qué está leyendo ahora? ¿Clásicos, contemporáneos?
Clásicos, sí, pero no tanto por eso sino porque tengo mas garantías de que son buenos. Muchos de los escritores de ahora, la mayoría, escriben bizqueando, con un ojo puesto en el mercadeo, y sus libros casi nunca son buenos de verdad. En este momento estoy leyendo El enano, de Pär Lagerkvist, que va a ser siempre un clásico. Los clásicos bizquean menos.