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14 nov 2024

DENUNCIA

 

Cuento de nunca acabar

A Roldanillo la convirtieron en una aldea mágica, pero desgraciadamente ha sido administrada por los peores magos. Basta con mirar la considerable cantidad de obras devoradas por la maleza o dejadas ahí desde décadas atrás como monumentos a las tres “virtudes” de un buen político metido en la administración pública: la corrupción, el incumplimiento de sus promesas y la desidia crónica.

Lo más grave es que los roldanillenses se han acostumbrado a esa situación. De otra manera no se explica por qué un parque de tanta tradición como lo es el Eustaquio Palacios, más conocido como el parque de La Ermita, esté como está.

En abril de 2015 ―hace nueve años y siete meses― publiqué en este blog una denuncia que daba cuenta del deplorable estado del parque Eustaquio Palacios, más conocido como el parque de La Ermita. El 23 de julio de 2018 ―tres años después― repetí la nota y la ilustré con varias fotografías que apoyaban mi denuncia. El alcalde de esta aldea era… Sí, el mismo de ahora: el señor Jaime Ríos, quien al inicio de su primer mandato prometió que haría la reposición de las bancas destruidas o deterioradas. Aquí están las fotografías publicada en el 2018:

Como esta, eran ocho las bancas a las que les faltaba un apoya-brazos





Hoy, 10 de noviembre de 2024, las cosas siguen igual. O casi igual, pues algunos vecinos se dieron a la tarea de recoger los escombros que daban mal aspecto al parque y causaban asombro a los turistas que se arriesgaban a dar una vueltica por esos lados. Es que, al parecer, los de la administración municipal no miran más allá de sus escritorios y nadie se pellizca para salir del marasmo burocrático.

¿A quién le corresponde el cuidado y mantenimiento de los bienes públicos del municipio? le pregunté a un par de viejos que en ese momento disfrutaban de las últimas etapas de su tour vivencial charlando animadamente en la esquina del parque, frente a la capilla."Yo no sé. A lo mejor a la alcaldía, creo yo, pero de allá no se asoman por aquí ni a tomar tinto” fue la respuesta literal de uno de ellos.

En el fondo deseé que esos viejos estuvieran equivocados. Pero la realidad nos golpea al ver que la desidia oficial solo nos deja ver los escombros. No hay disculpa. Si la hubiera, sería bueno conocerla para poder explicarle a los turistas por qué han pasado diez años y los pedazos de banca siguen ahí tirados en el mismo sitio, por qué está en estas deplorables condiciones un lugar que es de los más visitados por los que llegan aquí atraídos por la gran mentira de que este es un “pueblo mágico”, cuando en realidad es un pueblo más caro.

Las imágenes de hoy son estas:

Como esta son siete las bancas a las que les hace falta un apoya-brazos

Hasta hace apenas tres días los taxistas y la señora del Guanabanazo

se sentaban en esta banca. Hoy está así.


No obstante, el parque Eustaquio Palacios sigue siendo el referente de quienes, de tarde en tarde, buscan recibir los vientos del Pacífico, reinventar una charla tejida con anécdotas, alivianar el tedio de cada día o, simplemente, dejarse tentar por la oferta de un bocado de comida rápida. (¿Otro problema?).

El deterioro del parque, hay que repetirlo hasta que el alcalde medianamente logre entenderlo, no es de reciente data. Pero cada día que pasa se hace más evidente. ¿Imprevisión al momento de proyectar los recursos presupuestales? Lo que sea, se requiere la intervención inmediata de los que tienen que ver con la administración municipal, pues si bien su cuidado corresponde a los usuarios y a la comunidad en general, el mantenimiento de la infraestructura de los bienes que pertenecen al municipio es responsabilidad, precisamente, de… ¿De quién? Estoy seguro que no es de la Secretaría de Salud. Estoy seguro.

PD: Este texto, escrita y publicada el 23 de julio de 2018, es modificada para su actualización el 10 de noviembre de 2024. Se echa a andar el cronómetro.


3 jun 2017

El catalejo de Mac: Libros chatarra

El catalejo de Mac: Libros chatarra: El EL CATALEJO DE MAC ( Blog) 6/02/2017 LIBROS CHATARRA : Navegando al garete por las redes sociales uno encuentra de todo, como en botica. Y entre las cosas con las que tropecé y me causó profunda indignación fue la siguiente imagen divulgada por el estimado amigo Iván Kizza: 2017-06-02_06h42_13 Debo decir que fui docente en el área de Español y Literatura durante 14 años. Y en todo momento traté de inculcar el hábito de la lectura a mis amigos estudiantes. Pude haber cometido muchos errores en el ejercicio de tan cuestionada profesión, pero jamás el de menospreciar un libro. "No hay malos libros, hay malos lectores" era la frase que solía pronunciar en el salón de clase, refiriéndome no tanto a su contenido sino a su cualidad intrínseca, a la forma superficial como leemos, a la falta de análisis, de interpretación crítica. Ahora choco violentamente contra este exabrupto y me doy cuenta que el valor del libro ya no se mide por el peso de lo que está consignado en sus páginas sino por el peso en kilos. Es cierto que en los anaqueles de las bibliotecas escolares no están todos los que son ni son todos los que están. Allí uno encuentra joyas engastadas en la solidez de un autor muy importante, pero también verdaderos bodrios que no sirven ni siquiera para nivelar la mesa cojitranca del maestro. Sin embargo, eso no es razón para que los responsables de una institución educativa de Roldanillo se den el lujo de vender por kilos toda una biblioteca. En una escuela podrán faltar algunas cosas que no se consideren esenciales, a criterio de los de de arriba (el sueldo de los profesores, por ejemplo) pero jamás los libros. Esa es la materia prima. Esa es la herramienta con qué labrar el conocimiento colectivo. Se escucha con frecuencia -es un reclamo casi en tono de rezo- que las escuelas carecen de material lectura, que los niños y jóvenes no tienen nada para leer ni en donde leer. Eso me motivó a digitalizar mi biblioteca, esa que había hecho con años y años de pasión por los libros, con el fin único de obsequiarla. Después de buscar las instituciones que más la necesitaran y pudieran aprovecharla, envié más o menos 850 libros a cinco escuelas rurales de Tuluá. Eso le correspondía a las autoridades administrativas del municipio, claro está. Pero esas escuelas tenían una carencia no satisfecha oficialmente y mis libros ya habían cumplido su función estando en mis manos. Hubiera sido un desperdicio seguir conservándolos. Al parecer en Roldanillo ocurre lo contrario: hay superávit de libros en las bibliotecas escolares. Desconozco cuál institución educativa que está sobrada de lote en materia de textos de lectura y consulta. La que sea, se ha practicado el harakiri y sus directivos merecen el reproche de toda la comunidad. ¿Esa decisión fue aprobada por el Consejo Directivo o el órgano regulador de la escuela? ¿Los libros se habían sometido a inventario o sólo hacían parte de los "consumibles" como el papel higiénico en las letrinas? Hay muchas preguntas que deben ser respondidas. En todo caso este hecho insólito exige una explicación. No puede ser que un maestro, persona responsable de formar académicamente a unos niños para que piensen con criterio propio, esté echando al basurero esa posibilidad. Parece mentira que un docente, que se ha nutrido en las fuentes de los libros, los menosprecie de forma infame. Tiene que haber una explicación inteligente. Iván Kizza manifiesta que el dueño de la recicladora, Gamaliel (nombre de un fariseo que intercedió por la vida de los apóstoles y cambió el curso de la iglesia cristiana) le dio como única razón que los docentes fueron obligados a vender los libros porque les iban a dar unos nuevos. Hummmmm... una razón fuera de toda lógica, pues así les hubieran cambiado por unos nuevos conservando los títulos y autores, los viejos (que se ven no son tan viejos, como me dijera alguien a quien le falta mucho pelo pa' moña) se habrían podido destinar a otras escuelas, entidades culturales, tertulias literarias, mentideros poéticos, cuchitriles del arte, etc. Claro que desde la lógica contratista que se aplica en el universo de la politiquería, decir que se deben botar libros para reemplazarlos por otros de los mismos sí es posible. Muy posible. Ruego a los dioses que mis palabras puedan ser rectificadas por los directivos del centro docente responsable del bibliocidio, que me digan que estoy hablando desde el punto de vista de la coprología pura, que me he equivocado como siempre. Es que por más que trato de entender el asunto no le encuentro ni pies ni cabeza.